viernes 23 de octubre de 2009

CON UN LADRILLO A LA CABEZA

Hoy es el aniversario del fin de mi antigua vida laboral tal y cómo siempre la había concebido. Lo que pudo parecer un drama no fue más que el principio de un nuevo camino por el que transitar sin miedo a lo que hubiera delante. Porque delante sólo había un horizonte despejado hacia el que dirigirse.
Como bien dijo Steve Jobs en el discurso magistral de la Universidad de Stanford: A veces la vida te da en la cabeza con un ladrillo.
Pensemos que recibir tal ladrillazo puede ser más un regalo que una lesión, porque puede que sea la única forma de despertar.
Les dejo el discurso y un pensamiento compartido con (el joven) Jobs:

"Recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco, de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder"


sábado 17 de octubre de 2009

LA MALA ONDA: El mundo fue y será un porquería.


Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé, decía Enrique Santos Discépolo, allá por el año 1935, en su inmortal Cambalache. Eran aquellos años, tanto en América como en Europa -y mucho más en España- tiempos de atropellos gubernamentales, sacerdotales y de histerias mundanas, donde la sinrazón primaba sobre la cordura y las gentes se afanaban laboriosas en proclamar el libre albedrío de los locos sobre un mundo al revés, que no puesto cabeza abajo, sino dado la vuelta como un abrigo viejo al que se le viera un forro raído y desgastado, inservible hasta para los remiendos.

El nostálgico pesimismo tanguero de Discépolo, se dejó caer entre las estrofas de Cambalache con ese regodeo chulesco, tristón y cínico que, entre otras cosas, aún sigue levantando ampollas de virulenta sinceridad: "(…) Hoy resulta que es lo mismo / ser derecho que traidor / ignorante, sabio, chorro / generoso o estafador...”

Recreación artística del mundo de Discépolo.

Así, no pude evitar acordarme de Don Enrique y sus acertados versos al escuchar, creyendo que era una broma, que el Premio Ondas al mejor presentador de TV de la temporada, le había sido otorgado a un señor -por decirle algo- que conduce un programa infectado de parásitos y cuyo ideario se basa en la falta de respeto, la calumnia, la burla, el escarnio, el chismorreo y las murmuraciones de la más sucia y bajuna corrala del universo.

“¡Qué falta de respeto / qué atropello a la razón! / cualquiera es un ladrón, cualquiera es un señor…”
Y entonces me pongo a pensar si en vez de dedicar los vituperios al premiado, no sería más conveniente cantarles la marimorena (o en este caso, Cambalache) a los respetables benefactores de la Mala Onda, porque otra cosa no ha de ser, para ser repartida entre los valedores del mal gusto, la mala leche, la mala baba, en forma de un rocinante alado que ya desde aquí apesta a basura.

Si hace unos días, muchos de nosotros poníamos cara de póker con la sorprendente adjudicación del Premio Nobel de la Paz, que sorprendió incluso al premiado, no dejamos de quedarnos boquiabiertos ante esta buena nueva para esas míseras tardes televisivas de feroz chabacanería

Las cosas son como son y poco podemos hacer por ellas, más que asomamos a la vidriera irrespetuosa de los cambalaches donde se ha mezclado la vida, para verla pasar muertos de asco y vergüenza ajena.

Les dejo la letra de Cambalache, o lo que es lo mismo, el canto visionario de un mundo al revés que ya se veía venir y la versión (muy buena, a mi juicio) de un jovencísimo Antonio Bartrina al frente de Malevaje.

Antonio Bartrina.




Cambalache (Enrique Santos Discépolo. 1935)

Que el mundo fue y será
una porquería, ya lo sé.
En el quinientos seis
y en el dos mil, también.
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y agarraos,
contentos y amargaos,
barones y dublés.
Pero que el siglo veinte
es un despliegue
de maldá insolente,
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue
y en el mismo lodo
todos manoseados.
Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio o chorro,
generoso o estafador...
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
Lo mismo un burro
que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los inmorales nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura,
colchonero, Rey de Bastos,
caradura o polizón.
¡Qué falta de respeto,
qué atropello a la razón!
Cualquiera es un ladrón,
cualquiera es un señor...
Mezclao con Stravisky
va Don Bosco y La Mignon,
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín...
Igual que en la vidriera
irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remache
ves llorar la Biblia
junto a un calefón.
Siglo veinte, cambalache
problemático y febril...
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil.
¡Dale, nomás...!
¡Dale, que va...!
¡Que allá en el Horno
nos vamo’a encontrar...!
No pienses más; sentate a un lao,
que ha nadie importa si naciste honrao...
Es lo mismo el que labura
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura,
o está fuera de la ley...

Vivimos revolcaos en un merengue
y en el mismo lodo
todos manoseados.

jueves 8 de octubre de 2009

PRINCESAS DE LAS MIL Y UNA NOCHES


La vida de Sherezade no valía más que la de cualquier otra esposa del sultán. Su destino era morir decapitada una vez hubiera transcurrido su noche de bodas. Ésa era la voluntad del sultán. Pero Sherezade echó mano de su ingenio y, entre retozo y retozo de recién casada, construyó historias bellísimas que dejaba por concluir hasta lo noche siguiente, subyugando a este interés las intenciones del sultán que, noche a noche, posponía el ajusticiamiento de su esposa hasta que transcurridas interminables veladas de cuentos y leyendas, el sultán acabó por olvidar las insensatas razones que le llevaron a tan cruel determinación.


Quisiera imaginar que hoy día, hay tantas otras Sherezades que escapan a la crueldad de las leyes islámicas, prendidas a fuego en el corazón de sus hombres. Pero me temo que son muy pocas las Sherezade que pueden -y quieren- hacerse oír y aún menos los sultanes dispuestos a escuchar sus historias.

No fue un hecho aislado, por mucho que lo pareciera, por mucho que nos intenten convencer que así fue. Una mujer se negó a declarar a cara descubierta alegando motivos religiosos y acusando de incultos e intolerantes a los que, según las leyes de un país libre y democrático, así se lo pidieron. No es un hecho aislado el que una mujer que fuera independiente, que fumara y llevara mini y que, probablemente, tuviera relaciones sexuales con quien le diera la gana, se pusiera un buen día una sábana negra sobre su cabeza y aplaudiera gozosa la auto inmolación de sus hermanos. No es un hecho aislado el que mujeres occidentales, educadas en la libertad y el respeto a todas las creencias, decidan cambiar sus vidas de destinos inciertos, pero libres, por cárceles oscuras alrededor de sus cuerpos en favor de una entrega a otro prisionero. Un marido preso del fanatismo y la barbarie.

Ellas se creen princesas de Las Mil y Una Noches y eligen su viaje sin retorno a la más oscura Edad Media detrás de sus propios sultanes, mientras la plebe de Occidente las mira inmóvil, alegando respeto a su libertad, haciendo oportunos circos en los que las ateas romanas se disfrazan con velos y chadores, en un obtuso acto de moral solidaria, para volver de inmediato al mundo de pecados cristianos del que, secretamente, jamás han querido separarse.

Pero las princesas ahí siguen, caminando a ciegas hacia el patíbulo. Arrastrando tras de sí una horda de irracionales y alimentando en sus vientres los frutos del terror.

En estos cuentos del s. XXI, Sherezade jamás acabó su primera historia y su cabeza rodó a los pies de un sultán reventado de explosivos.


sábado 19 de septiembre de 2009

LUCES Y ROCK'N ROLL


En estos tiempos en los que cualquier representante más o menos afamado, imitado, adorado y hasta subvencionado, del panorama musical y artístico español parece obligado a formar parte de esa nueva élite abanderada de la paz y el buenismo, de la pancarta incendiaria contra causas ajenas, del silencio insultante hacia la injusticia y el grito desgarrado en favor de totalitarismos prehistóricos y que, sin pizca de rubor ni vergüenza, enarbola su dicha revolucionaria cómodamente sentado en las rodillas de “papito” estado, resulta más que refrescante y vivificador encontrar luces al final de ese túnel tétrico y oscuro en que nos ha metido la intolerancia festivalera, que se disfraza de colorines para ocultar su inevitable mediocridad.

Loquillo y su inseparable (ahora sí) Sabino Méndez, brillan entre la oscuridad de los mediocres, con la misma luz de sus primeros años, cuando los jóvenes apostábamos por buscarnos la vida a golpe de rock’n roll y nadie se preocupaba de que canciones con un título como “La mataré” atentara contra la violencia de género, por ejemplo.

Pero los tiempos que, según la banda troglodita, estaban cambiando, lo hicieron en una dirección que tal vez nadie esperaba y así, los rockeros de entonces pasaron a ser vilipendiados por la curia intolerante por aparecer en un programa de televisión que no comulga con el clero estatal y sus inmediatos bufones. (Aquí, el vilipendio y aquí la respuesta de Sabino)

Es de agradecer que Loquillo, Sabino y otros muchos que no se han dejado abducir por el supuesto encanto de la burguesía bienhechora, sigan alumbrando el final del túnel con la luz inextinguible de los faros de un viejo cadillac solitario.




viernes 11 de septiembre de 2009

HIPÓCRITAS SIN FRONTERAS

Me siento muy, muy indignada. Indignada con una rabia fría, lúcida y racional. Una rabia que elimina cualquier atisbo de distanciamiento o de indulgencia. Una rabia que me invita a responderles y, sobre todo, a escupirles. Les escupo a todos ellos. Indignada como yo, la poetisa afroamericana Maya Angelou, rugió también: «Be angry. It's good to be angry, it's healthy»


Oriana Fallaci

Oriana Fallaci

Con estas palabras, la periodista Oriana Fallaci gritaba al mundo sus indignadas reflexiones sobre la tragedia del 11-S en una furiosa y magnífica narración llamada “La Rabia y el Orgullo”. Mi indignación de hoy llega por otros caminos no menos indignantes. Hubiera preferido no haberlo visto, no haber leído nada sobre esto o haberlo escuchado por boca de terceros para permitirme dudar. Pero lo he oído directamente de él, de Miguel Bosé, que con un comprensivo e indulgente discurso buenista, publicitaba el concierto que su organización “Paz Sin Fronteras” y Juanes, otro misericordioso de pro, darán en la mismísima Plaza de la Revolución de La Habana el día 20 de septiembre y que, con no poca razón, ha levantado ampollas de rabia entre la mayoría de los disidentes.

Entre otras lindezas, nuestro bienaventurado calificaba el evento de “cita histórica” y una ocasión única “para resolver muchos conflictos familiares" y en relación a la protestona disidencia “para unos se abre una puerta de paz en Cuba, para otros se acaba el negocio" que "entiende que aún haya gente que sienta dolor", pero que "mantenerlo vivo implica dedicar una energía que supone demasiado esfuerzo". ¡Hay que joderse! Como dice mi padre, encima de cabrones, apaleados. Artistoides millonarios haciendo circo en la Plaza Roja cubana ¿aprovechando tal vez la ocasión para gritarle al mundo las injusticias de un régimen vergonzante? Nooo señores. A ellos, que son tan buenos, les trae al fresco que los trabajadores cubanos sobrevivan como miserables esclavos del estado, que los viejos cubanos se mueran de hambre en las calles, que los jóvenes cubanos se vendan a puteros de medio mundo, que los maricones cubanos se pudran en la cárcel, que los librepensadores cubanos se ahoguen en sus palabras y se vayan al hoyo con la bota del estado pegada al culo. Les importa una mierda todo eso, sí. Porque ellos, que son tan buenos, lo único que persiguen es "trabajar en la reconciliación de la sociedad cubana" y fomentar "la concordia y la paz social" y por supuesto, no politizar el evento. Así que Juanes, se quitará la camisa negra, se pondrá la camisa roja y con la gracia colombiana que le caracteriza, le lamerá un poco más el culo al viejo dictador, desgastado por los lengüetazos de tanto giliprogre a lo largo de su historia.

Así que, no se lo pierdan, el 20 de septiembre, en la Plaza de la Revolución, el concierto de “Hipócritas Sin Fronteras” un espectáculo único en un lugar mítico que, según palabras del hermano mayor de la congregación, "no lo elegimos porque allí haya dado siempre sus discursos Fidel". Sinceramente, santísimos señores hipócritas, ya no sé si lo que les falta a ustedes es cabeza, corazón, conciencia o, simplemente, un buen par de cojones.
A mí, como bien diría Oriana Fallaci, sólo me dan ganas de escupirles.


Para despedirme aquí dejo este vídeo recién descubierto en el blog de la escritora cubana y ¡a mucha honra! disidente, Zoe Valdés. Se llaman Eskuadrón Patriota, son cubanos y nunca harán conciertos por la paz en la Plaza de la Revolución. Como pueden ver, ellos tienen de sobra todo lo que les falta a nuestros hipócritas sin fronteras.
Como dice Zoe ¡Viva Cuba con dos cojones!

Juan Abreu, una voz más a la que unirse. (Actualizado al 14/09/2009)


viernes 4 de septiembre de 2009

UN VIEJO AMOR


Las cosas llegan cuando tienen que llegar. Por muy tarde que nos parezca. Y ayer, aquello que tanto había esperado encontrar algún día, se presentó como si nada con la intención de quedarse para siempre.

Lo conocí a fondo a partir de los dieciséis años. Ya lo conocía de antes pero, digamos que me avergonzaba decir que me gustaba. Era tan viejo, tan dramático y, sin embargo, tan condenadamente sensual y atractivo que aún siendo una adolescente incomprensible, más que incomprendida, me dejé atrapar por su encanto y ya nunca más volví a sentir vergüenza de quererle. Aprendí de él todo lo que pude y mientras otras niñas de mi edad cubrían carpetas con pegatinas de rubios teñidos, yo me abandoné en secreto al disfrute solitario de mi pasión recién descubierta, sin compartirla con nadie.

Mi amor se atemperó con los años, como los buenos amores. Se sosegó y se resignó a ser compartido tan sólo con los más íntimos. Los rubios teñidos salieron de las pegatinas y se fueron con viento fresco al ser sustituidos por ligues, novios, maridos y, por supuesto, niños. Pero el mío seguía ahí, madurándome con los años, hasta que ayer, por fin, me atreví por primera vez, a dejarme envolver entre sus brazos y a moverme a su compás sin la más mínima vergüenza. Ayer, después de tantos años, recibí mi primera lección de tango.

Escenas de la película "La lección de tango"

viernes 14 de agosto de 2009

AMORES CONTRARIADOS IV: Ariadna y Teseo.

Ariadna y Teseo por Sir John William Waterhouse

El tiempo en el que se desarrolla esta historia es, como siempre pasa con los clásicos, un espacio indefinido entre la barbarie y la gloria de los griegos arcaicos. Hesíodo y Homero ni siquiera se ponen de acuerdo en sus propias averiguaciones y es que, donde termina la tradición y empieza la imaginación sólo ellos lo saben. Por eso, yo misma me hago eco de unos y de otros y elaboro según creo que pudo ser el guiso para presentárselo a ustedes con el mayor cariño posible, a ver si les gusta.

Se contaba por aquellos lugares, entre olivos y barcas, mientras la gente vadeaba aceitunas o cocía pucheros adornados con pulpos y asaba sardinas en la playa, que la reina Pasifae tuvo amores inconvenientes -azuzados por la malicia de las divinidades de entonces- con un ser de otra especie y que de aquella unión contra natura nació un desgraciado monstruo de sobrenaturales atributos. Minotauro fue llamado, no se sabe si por la mediación del rey Minos como padre putativo o porque entre los reales cuernos del engendro y la invisible pero innegable cornamenta de su tutor, no cabía esperar otro nombre. Los que desconozcan el origen del verdadero padre de la bestia ya habrán imaginado que éste no era otro que un toro descomunal enviado por algún dios vengativo para hacerle la puñeta a la familia real y, de paso, a toda la plebe cretense, porque entre otras cosas, el cuasi animalito no gozó ni siquiera de la caridad materna y nadie se preguntó nunca si la criaturita albergaba alma, corazón y vida inteligente, bajo esas astas de Mihura, así que fue encerrado en el centro de un laberinto construido en Cnossos por Dédalo, famoso arquitecto de la corte, el cual se empleó tan a conciencia en su proyecto, que una vez acabado ni él mismo sabría la salida. Con los años, Dédalo y el lumbreras de su hijo Ícaro fueron encerrados también en el laberinto, logrando escapar gracias a unas ingeniosas alas amalgamadas con cera. El final puede que lo sepan pero en todo caso se trata de otra historia y no de ésta, así que, prosigamos.


La desgracia, decía, no sólo cayó sobre los reyes, Minos y Pasifae y la princesita Ariadna, sino que salpicó a las juventudes atenienses y de ahí a toda la chiquillería de la ribera del Peloponeso. La razón era que el animalito, que en vez de comer hierba comía carne humana, pedía un tributo anual de siete muchachos y siete doncellas atenienses y este tributo era puntualmente entregado a domicilio para evitar la maldición que caería sobre Atenas de no cumplir semejante comanda. La fuente bien informada que predijo el desastre y como conjurarlo no era otra que el Oráculo de Delfos, así que los atenienses tenían más que fundadas razones para ser obedientes.

Sin embargo Atenas estaba gobernada por el rey Egeo, un hombre justo y valiente de inquietudes cartesianas, que puso en duda los oscuros dictámenes de los dioses y que en un arranque de rebeldía decidió plantarle cara al fenómeno enviando a siete prometedores guerreros atenienses, capitaneados por su propio hijo: Teseo, un gallardo jovencito, listo como un lince, peleón y algo pendenciero, que se pasaba por el arco del triunfo al Oráculo de Delfos y a todo lo que se le pusiera por delante. Como en aquellos tiempos las comunicaciones no estaban como ahora, Egeo le pidió a su hijo que si regresaba con vida izara velas blancas en su nave, para que él pudiera divisarlas desde el puerto y así saber que estaba vivo.

Partió pues el joven ateniense hacia Creta, no sin haberse involucrado durante su viaje en diversas aventuras, la mayoría de índole amorosa, que le reportaron algún que otro parabién en su recién iniciada carrera como héroe de la Antigüedad. Visto que el muchacho estaba agraciado con uno de los dones más preciados por los dioses para ejercer de mito por los siglos de los siglos -porte, galanura y unas extraordinarias competencias de conquistador-, no es de extrañar que la princesa Ariadna, a la sazón una perita en dulce con calenturas adolescentes, se viera irremediablemente atraída por el príncipe de Atenas y tratara en vano de disuadirle de entrar en el laberinto para, supuestamente, matar a su monstruoso hermanastro.

Pero Teseo, que además de guapo, chulete y bien dotado para las pesquisas amatorias, era un valentón de los que no había, rehusó hacer caso a los temores de la niña y con una caída de ojos que debió ponerla al borde del desmayo, le dijo que él sería quien libraría a Creta y por ende, a Atenas, del yugo infame del Minotauro.

Si Teseo era perseverante en sus acciones, Ariadna no lo fue menos en las suyas. Enamorada hasta las pestañas del ateniense, se las averiguó para conseguir el objeto milagroso que permitiría a Teseo encontrar la salida del laberinto: el Ovillo de Oro.
De este modo, Ariadna ató a su mano uno de los cabos y Teseo devanó el contrario en dirección al laberinto en compañía de los otros jóvenes atenienses. Antes de partir, Teseo prometió hacerla su esposa si regresaba con vida.

Ariadna aguardó horas y horas en la puerta del laberinto, pero su fe inquebrantable en el amado y, por qué no, sus ganas de pescar marido, evitaron que desfalleciera. El sol se escondió al otro lado de la isla y la noche borró todas las sombras, incluida la suya. El amanecer la iluminó de nuevo y ella seguía allí, con su mano atada a su ovillo, viendo como el hilo se tensaba y se destensaba y apenas si quedaba quieto un instante para volver a vibrar con su luz dorada que emitía destellos en todas direcciones.

Finalmente, un Teseo triunfante, sudoroso y ensangrentado, pero con paso firme y seguro, salió del laberinto junto a los demás guerreros. El hilo de oro que Teseo llevaba entre sus manos, arrastraba tras él, atado a las astas, el cuerpo inerte de la bestia.

Teseo y el Minotauro por Antonio Canova.

¿Qué más podía pedir la ingenua Ariadna? El héroe que había librado a su tierra de la tiranía estaba dispuesto a fugarse con ella para desposarla a escondidas de los reyes de Creta y Atenas. No, no se podía pedir más, por eso no dudó un instante en subirse a la nave de Teseo y tomar rumbo a lo desconocido lejos de las comodidades de su palacio.

Pero el ateniense, satisfecha ya su furia guerrera, pensó que tal vez se había excedido en sus juramentos y que en verdad no le apetecía nada cargar con una muchachita núbil pegada a la chepa que le miraba con ojitos de carnero degollado y aplaudía con pasión hasta la más tonta de sus ocurrencias. Nada más avistar la isla de Naxos, el novio echó el ancla a tierra y le propuso a la niña un ensayo de noche de bodas en la playa, a lo que ésta accedió ilusionada como una borreguita a la teta de mamá.


Nada se sabe sobre si el héroe consumó o no el malogrado matrimonio, pero lo cierto es que la chiquilla quedó exhausta y profundamente dormida sobre la arena de la playa, momento que aprovechó el galán para izar las velas y regresar triunfante a Atenas, donde sería recibido con todos los honores. Tan ensimismado estaba en su propia gloria que no se dio cuenta que al partir de Naxos olvidó, con las prisas, izar las velas blancas, aquellas que le darían a su padre Egeo, la señal de que volvía sano y salvo de su aventura, por lo que el rey, al divisar las velas negras por el horizonte, supuso que su hijo no pudo vencer al Minotauro y, como tantos otros, habría perecido entre los oscuros rincones del laberinto. Fue tal su desesperación que, allí mismo, sin aguardar siquiera a que la nave atracara en el puerto, el rey Egeo se arrojó al mar. Desde entonces, ese mar lleva su nombre.

Y mientras tanto ¿qué fue de Ariadna? No sé ustedes, pero si a mi el novio me deja tirada en mitad de una playa desierta, se me ocurriría decirle de todo menos bonito. No sabemos qué dijo o hizo Ariadna, pero imaginando que siendo una pollita enamoradiza con las hormonas en plena revolución, sus gritos y llantos debieron dar la vuelta a las Cícladas.

Tal vez mereciera que le pasara aquello por ser una descerebrada que se prometió en matrimonio a un perfecto desconocido sólo porque tenía buena planta, para fugarse con él a espaldas de su familia -no sin antes haber conspirado en contra- con tal de apagar sus furores adolescentes entre volátiles suspiros de amor eterno. Pero más bien la criatura pecó de exceso de confianza y su precoz pasión amorosa nubló al resto de sus sentidos. Sin embargo no le fue mal del todo. Resulta que acertó a pasar por allí Dionisos, el dios de la naturaleza salvaje si nos ponemos finos; el dios de la priva y la parranda, hablando en plata, que apreciando para sí lo que el otro había desechado, demostró a Ariadna que en las artes del Amor y la conquista más vale un dios que un héroe, por muy valiente y apolíneo que sea. Y así fue que Dionisos desposó a Ariadna en una alegre y ruidosa ceremonia, rodeados de ninfas beodas y sátiros juguetones.

A Grecian Girl por John William Godward.

Poco más se dice sobre la historia de Ariadna, pero no es difícil imaginarla como la santa y paciente esposa de un borracho juerguista y mujeriego por muy divino que fuera, así que no es de extrañar que en sus momentos de soledad, que dada la naturaleza del marido, serían muchos, añorara aquella vida feliz que pudo ser y no fue, junto a su adorado Teseo.
Cuando Ariadna murió, su espíritu prodigioso fue llevado a los cielos bajo el nombre de Corona Borealis, en recuerdo de otro objeto mágico que, según algunas interpretaciones, dió a Teseo además del ovillo de oro: una corona luminosa que le alumbraría el camino hacia la salida del laberinto.

Quien pudiera tan sólo mirar al cielo, contemplar la Corona e implorar los favores de Ariadna para que nos ayude a encontrar el camino correcto hacia la salida de nuestro laberinto particular.