El tiempo en el que se desarrolla esta historia es, como siempre pasa con los clásicos, un espacio indefinido entre la barbarie y la gloria de los griegos arcaicos.
ni siquiera se ponen de acuerdo en sus propias averiguaciones y es que, donde termina la tradición y empieza la imaginación sólo ellos lo saben. Por eso, yo misma me hago eco de unos y de otros y elaboro según creo que pudo ser el guiso para presentárselo a ustedes con el mayor cariño posible, a ver si les gusta.
La desgracia, decía, no sólo cayó sobre los reyes,
Minos y Pasifae y la princesita
Ariadna, sino que salpicó a las juventudes atenienses y de ahí a toda la chiquillería de la ribera del Peloponeso.
La razón era que el animalito, que en vez de comer hierba comía carne humana, pedía un tributo anual de siete muchachos y siete doncellas atenienses y este tributo era puntualmente entregado a domicilio para evitar la maldición que caería sobre Atenas de no cumplir semejante comanda. La fuente bien informada que predijo el desastre y como conjurarlo no era otra que el
Oráculo de Delfos, así que los atenienses tenían más que fundadas razones para ser obedientes.
Sin embargo Atenas estaba gobernada por el
rey Egeo, un hombre justo y valiente de inquietudes cartesianas, que puso en duda los oscuros dictámenes de los dioses y que en un arranque de rebeldía decidió plantarle cara al fenómeno enviando a siete prometedores guerreros atenienses, capitaneados por su propio hijo:
Teseo, un gallardo jovencito, listo como un lince, peleón y algo pendenciero, que se pasaba por el arco del triunfo al Oráculo de Delfos y a todo lo que se le pusiera por delante. Como en aquellos tiempos las comunicaciones no estaban como ahora,
Egeo le pidió a su hijo que si regresaba con vida izara velas blancas en su nave, para que él pudiera divisarlas desde el puerto y así saber que estaba vivo.Partió pues el joven ateniense hacia
Creta, no sin haberse involucrado durante su viaje en diversas aventuras, la mayoría de índole amorosa, que le reportaron algún que otro parabién en su recién iniciada carrera como héroe de la Antigüedad. Visto que el muchacho estaba agraciado con uno de los dones más preciados por los dioses para ejercer de mito por los siglos de los siglos -porte, galanura y unas extraordinarias competencias de conquistador-, no es de extrañar que la princesa Ariadna, a la sazón una perita en dulce con calenturas adolescentes, se viera irremediablemente atraída por el príncipe de Atenas y tratara en vano de disuadirle de entrar en el laberinto para, supuestamente, matar a su monstruoso hermanastro.

Pero Teseo, que además de guapo, chulete y bien dotado para las pesquisas amatorias, era un valentón de los que no había, rehusó hacer caso a los temores de la niña y con una caída de ojos que debió ponerla al borde del desmayo, le dijo que él sería quien libraría a Creta y por ende, a Atenas, del yugo infame del Minotauro.
Si Teseo era perseverante en sus acciones, Ariadna no lo fue menos en las suyas. Enamorada hasta las pestañas del ateniense,
se las averiguó para conseguir el objeto milagroso que permitiría a Teseo encontrar la salida del laberinto: el Ovillo de Oro.De este modo, Ariadna ató a su mano uno de los cabos y Teseo devanó el contrario en dirección al laberinto en compañía de los otros jóvenes atenienses. Antes de partir, Teseo prometió hacerla su esposa si regresaba con vida.

Ariadna aguardó horas y horas en la puerta del laberinto, pero su fe inquebrantable en el amado y, por qué no, sus ganas de pescar marido, evitaron que desfalleciera. El sol se escondió al otro lado de la isla y la noche borró todas las sombras, incluida la suya. El amanecer la iluminó de nuevo y ella seguía allí, con su mano atada a su ovillo, viendo como el hilo se tensaba y se destensaba y apenas si quedaba quieto un instante para volver a vibrar con su luz dorada que emitía destellos en todas direcciones.
Finalmente, un Teseo triunfante, sudoroso y ensangrentado, pero con paso firme y seguro, salió del laberinto junto a los demás guerreros. El hilo de oro que Teseo llevaba entre sus manos, arrastraba tras él, atado a las astas, el cuerpo inerte de la bestia.
Teseo y el Minotauro por Antonio Canova.¿Qué más podía pedir la ingenua Ariadna? El héroe que había librado a su tierra de la tiranía estaba dispuesto a fugarse con ella para desposarla a escondidas de los reyes de Creta y Atenas. No, no se podía pedir más, por eso no dudó un instante en subirse a la nave de Teseo y tomar rumbo a lo desconocido lejos de las comodidades de su palacio.
Pero el ateniense, satisfecha ya su furia guerrera, pensó que tal vez se había excedido en sus juramentos y que en verdad no le apetecía nada cargar con una muchachita núbil pegada a la chepa que le miraba con ojitos de carnero degollado y aplaudía con pasión hasta la más tonta de sus ocurrencias. Nada más avistar
la isla de Naxos, el novio echó el ancla a tierra y le propuso a la niña un ensayo de noche de bodas en la playa, a lo que ésta accedió ilusionada como una borreguita a la teta de mamá.

Nada se sabe sobre si el héroe consumó o no el malogrado matrimonio, pero lo cierto es que la chiquilla quedó exhausta y profundamente dormida sobre la arena de la playa, momento que aprovechó el galán para izar las velas y regresar triunfante a Atenas, donde sería recibido con todos los honores. Tan ensimismado estaba en su propia gloria que no se dio cuenta que al partir de Naxos
olvidó, con las prisas, izar las velas blancas, aquellas que le darían a su padre Egeo, la señal de que volvía sano y salvo de su aventura, por lo que el rey, al divisar las velas negras por el horizonte, supuso que su hijo no pudo vencer al Minotauro y, como tantos otros, habría perecido entre los oscuros rincones del laberinto. Fue tal su desesperación que, allí mismo, sin aguardar siquiera a que la nave atracara en el puerto,
el rey Egeo se arrojó al mar. Desde entonces, ese mar lleva su nombre.Y mientras tanto ¿qué fue de Ariadna? No sé ustedes, pero si a mi el novio me deja tirada en mitad de una playa desierta, se me ocurriría decirle de todo menos bonito. No sabemos qué dijo o hizo Ariadna, pero imaginando que siendo una pollita enamoradiza con las hormonas en plena revolución, sus gritos y llantos debieron dar la vuelta a las Cícladas.
Tal vez mereciera que le pasara aquello por ser una descerebrada que se prometió en matrimonio a un perfecto desconocido sólo porque tenía buena planta, para fugarse con él a espaldas de su familia -no sin antes haber conspirado en contra- con tal de apagar sus furores adolescentes entre volátiles suspiros de amor eterno. Pero más bien la criatura pecó de exceso de confianza y su precoz pasión amorosa nubló al resto de sus sentidos. Sin embargo no le fue mal del todo. Resulta que acertó a pasar por allí
Dionisos, el dios de la naturaleza salvaje si nos ponemos finos; el dios de la priva y la parranda, hablando en plata, que apreciando para sí lo que el otro había desechado, demostró a Ariadna que en las artes del Amor y la conquista más vale un dios que un héroe, por muy valiente y apolíneo que sea. Y así fue que Dionisos desposó a Ariadna en una alegre y ruidosa ceremonia, rodeados de ninfas beodas y sátiros juguetones.
A Grecian Girl por John William Godward.Poco más se dice sobre la historia de Ariadna, pero no es difícil imaginarla como la santa y paciente esposa de un borracho juerguista y mujeriego por muy divino que fuera, así que no es de extrañar que en sus momentos de soledad, que dada la naturaleza del marido, serían muchos, añorara aquella vida feliz que pudo ser y no fue, junto a su adorado Teseo.
Cuando Ariadna murió, su espíritu prodigioso fue llevado a los cielos bajo el nombre de Corona Borealis, en recuerdo de otro objeto mágico que, según algunas interpretaciones, dió a Teseo además del ovillo de oro:
una corona luminosa que le alumbraría el camino hacia la salida del laberinto.
Quien pudiera tan sólo mirar al cielo, contemplar la Corona e implorar los favores de Ariadna para que nos ayude a encontrar el camino correcto hacia la salida de nuestro laberinto particular.